II.
De repente quiero hablar y me doy cuenta que no salen las palabras, es verdad que soy de pocas palabras, pero pese a todo, nunca sé bien cuando abrir la boca y cuando callarme. No me cuesta hablar habitualmente, pienso “a”, y suena “a”, pienso “ha” y suena “a” o queda escrita la palabra “ha” o la palabra hojarasca, o lo que sea.
Pero hoy es diferente, hoy el viento se lleva algunos techos, al intemperie todo cambia de magnitud, todo cambia de apariencia. Los cueros se curten. Uno a su vez no tiene límites, puede crecer dos, tres o cinco metros más sin estamparse la cabeza contra el abajo de la terraza. Pero no todo es alegre porque uno así carece de contención, ese mismo viento que voló los techos puede volarle a uno mismo las chapas, puede disgregarlo hasta hacerlo parte de él. Entonces todo es riesgoso, pero todo también es necesario. Crecer cuantos metros sean, proyectarse sin disgregarse, abrirse sin perder la calma y cerrarse sin anular salidas, explorarse; todo comienza a ser posible, todo comienza a ser parte de los pensamientos, y estos, parte de uno. Todo comienza a ser parte de uno, las palabras también, porque las palabras son pensamientos. Hay un espejo que nos lo muestra e inmortaliza esos momentos de intemperie tatuando en los parpados la solida imagen que nos devuelve tanto del derecho como del revés.
Al fin y al cabo no eran las palabras quienes debían salir, quien debía salir era yo.
Muy bueno Guille, me gustaron mucho los dos textos...
ResponderEliminarSi querés, te invito a pasar por mi blog...
Un abrazo.